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miércoles, 28 de julio de 2010

WITH A LITTLE HELP FROM MY FRIENDS

WITH A LITTLE HELP FROM MY FRIENDS
3/FEBRERO Y 6/MARZO/2010

O, como diríamos por aquí, con una pequeña ayuda de mis amigos. Este es el sugerente título de una buena canción de los Beatles, aunque a mí personalmente siempre me gusto más en la castigada voz de Joe Cocker. En cualquier caso, y disquisiciones musicales aparte, me pareció un encabezamiento muy adecuado a la hora de recordar una “aventurilla” de este invierno en un escarpado corredor del Tajo de las Chorreras Negras, en la vertiente Noreste del Picón de Jeres. Una historia en dos capítulos: Dos días y dos compañeros diferentes disfrutando las intensas sensaciones del “arte del sufrimiento”, como en una ocasión definió al alpinismo el gran escalador polaco Voytek Kurtyka.

Un miércoles de comienzos de febrero me dirijo con mi amigo Francis hacia Postero Alto. Como es mediados de semana vamos a estar muy tranquilos, sin el bullicio habitual de los sábados y domingos. La temperatura es anormalmente alta, parece que el frente cálido que anunciaba la “meteo” está siendo puntual a su cita.
Nos equipamos y salimos en dirección de nuestro objetivo. Aunque no encontramos la mejor nieve para caminar, nos dejamos llevar por una animada tertulia y hacemos una agradable aproximación hasta la entrada al corredor. Toca colocarse el arnes, los crampones y el casco y empezar la escalada. Entramos por el extremo izquierdo y subimos en dirección a un resalte rocoso que atraviesa de izquierda a derecha el corredor por su parte central. La nieve está sin transformar y el pie se hunde hasta el tobillo. Bajo este farallón rocoso iniciamos una travesía ascendente hacia la derecha en busca de una pequeña cascada de hielo que nos puede ayudar a superar este obstáculo. Pronto comprobamos que el hielo es bastante endeble. Mejor encordarse. Francis inicia la escalada y encuentra un hielo aún más podrido de lo que habíamos calculado. No le es posible asegurarlo con un tornillo y la roca tampoco da muchas posibilidades. Un poco a la derecha de la chorrera, un estrecho pasillo rompe la continuidad de la roca. Esta especie de “cuello de botella” le permite superar el resalte. Aún así, el hielo que encuentra no está para grandes alegrías. Me concentro en asegurarle con la tensión habitual cuando los seguros son más bien “quitamiedos”.
Afortunadamente, por encima de la roca “pincha” nieve de muy buena calidad. Ya más relajados, Francis continúa la ascensión hasta la pared rocosa que cierra el corredor en su frontal, donde monta reunión. Menos mal que me toca moverme, porque aunque no hace frío, me estaba empezando a quedar atrofiado por lo incómodo de la posición. Alcanzo a Francis. Acabamos de superar una interesante pala de unos 60 y unos 50 metros de longitud con una nieve, por fin, de excelente calidad.
Francis empuña de nuevo sus “piolos” y prosigue la escalada en una larga travesía a la derecha aprovechando la línea de intersección entre la roca y la nieve. La sensación de verticalidad es grande. Además, apenas entran las puntas delanteras de los crampones. El largo está siendo muy trabajoso, pero está realmente valiendo la pena. Cuando la cuerda va llegando a su fin, toca ingeniárselas, y bastante, pues no resulta fácil buscar un buen sitio para montar la tercera reunión. En el largo final, Francis se despega un poco de la pared para dirigirse al espolón rocoso que cierra el corredor por la derecha.
Allí monta la última de las reuniones. A partir de aquí se nos plantea un dilema. Se ha hecho tarde, el cielo está cada vez más cubierto y lo que queda es bastante complicado. Aún así, Francis se aventura a echar un vistazo por lo que parece ser el único punto débil, una chimenea que se forma en el extremo superior derecho del corredor, justo en la intersección entre la pared frontal bajo la que hemos venido ascendiendo y la que forma el espolón de la derecha. Se encuentra con un terreno sucio y musgoso, lo que implica una escalada delicada. Además, la nieve está cada vez más “papa”. En tales circunstancias, decidimos dejarlo para otra ocasión y, medio rapelando, medio destrepando, bajarnos del “canuto”.

En cualquier caso, y eso ya lo tenemos muy claro antes de iniciar el “entretenido” descenso, hemos disfrutado de un hermoso día de montaña. Anocheciendo llegamos de vuelta al coche. Ya sobre cuatro ruedas, y salvo un primer tramo de pista un poco “delicada”, toca relajarse y disfrutar el viaje de vuelta con el intenso filosofar sobre lo divino y, sobre todo, lo humano con que nos gusta concluir toda jornada de escalada.
Aunque se dice que segundas partes nunca fueron buenas, un mes y algunos días más tarde me vuelvo a escapar al mismo corredor, esta vez en compañía de otro buen amigo, Antonio “Forty Four”. El tiempo que encontramos al llegar a Postero es el habitual de este invierno, borrascoso. Pero, sé que yendo con Antonio esta circunstancia va a ser un aliciente más a la escalada. Esta vez es sábado y hay más gente pululando por la zona. De todos modos, por donde vamos a andar no vamos a coincidir seguramente con nadie. Hasta nos toca pasar una encuesta sobre seguridad en montaña, que superamos razonablemente bien, salvo por no llevar botiquín...Así que acordamos que será mejor no lesionarse.
Salimos en dirección al río. A medida que ganamos altura, la niebla empieza a espesarse y aunque conocemos sobradamente el terreno, no dejamos de sorprendernos por como llega a despistar este dichoso meteoro. A partir del río empezamos a encontrar nieve de forma más continúa y la ascensión se va haciendo más penosa. Las temperaturas se están manteniendo demasiado altas para la temporada y la nieve no llega a transformarse adecuadamente en estas cotas. Ya en los tramos más empinados de la vertiente izquierda del río nos llegamos a hundir, como diría un castizo, hasta el corvejón. Seguimos nuestro camino hacia el corredor, aunque en el fondo ninguno de los dos confiamos demasiado en nuestras expectativas. Pero, “piano, piano se arriva lontano” y así llegamos hasta la entrada del “canuto”. Un traguito de agua, unas miradas cómplices y, acordamos que una vez aquí, habrá que echarle un vistazo...

Entramos también por la izquierda. Me sorprende lo cambiado que encuentro el corredor un mes después de mi anterior visita. La gran cantidad de nieve que ha caído ha cubierto totalmente el farallón rocoso que atravesaba el corredor de izquierda a derecha en su zona media y donde Francis y yo encontramos las primeras dificultades en nuestra ascensión. Antonio y yo continuamos la escalada por la izquierda siguiendo la línea más directa. Como vamos ganando metros y nuestro ánimo no decae, decidimos que es momento de ponerse los arneses y sacar la cuerda ya que la pendiente se empieza a poner seria. Nos toca encarar una cascada de unos 70-80. Montamos una reunión con dos tornillos. Una fina capa de nieve primavera cubre el hielo, pero éste es, aparentemente, de buena calidad. Me quedo asegurando a Antonio que comienza la escalada con tranquilidad. Mete otros dos tornillos intermedios y supera este resalte de unos 25 metros. Monta una cómoda reunión y comienza a recuperar cuerda. Mientras tanto me entretengo fotografiando el horizonte que aparece cubierto de nubes, pero calmo, anunciando una inminente nevada. De hecho, apenas noto la cuerda tensa e inicio la escalada, comienzan a caer los primeros copos. Me tomo estos metros con calma, deleitándome con el buen hielo que voy “pinchando”.
Pronto estoy a la altura de Antonio, ahora envuelto en la nevada. Me indica que continúe lo que queda de corredor, ahora más amplio y con menor pendiente. Son otros 50-60 metros con una inclinación en torno a los 45 que se superan con rapidez.
Antonio se desencuerda y, mientras yo recupero la cuerda, me alcanza. La nevada es ahora bastante intensa, pero lejos de molestar, es momento para relajarse y disfrutar. Quizás sean estos pequeños instantes, casi mágicos, los que nos empujan como un veneno hacia las montañas.

Superamos el “hombro” que forma la parte superior del espolón de roca que cierra el corredor por la izquierda y, tranquilamente, en medio de una fuerte ventisca descendemos hacia el río. Cuando lo cruzamos e iniciamos la subida hacia la “Puerta del Alhorí” ha parado de nevar.
Ya solo queda la vuelta a Postero. Nos espera el viaje a casa, con parada “técnica” en el Fermín de La Calahorra para hidratarnos convenientemente y disfrutar con sus sabrosas y picantes tapas, que no todo va a ser trabajar.

Ahora, mientras escucho de nuevo en boca de los Beatles el tema que da título a esta historia en una tórrida mañana de julio, me vienen a la cabeza los buenos y frescos momentos pasados en este bonito corredor del Picón de Jeres. Y pienso que en la montaña, como en la vida, todo es más fácil gracias a tus amigos. Si, está bien recordar las cosas que he consiguido with a little help from my friends.

TEXTO Y FOTOS DE JOSÉ SALAZAR

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