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jueves, 1 de enero de 2009

TRAVESÍA EN LA SIERRA DE CASTRIL










TRAVESÍA EN LA SIERRA DE CASTRIL. DICIEMBRE 2009.

No queríamos acabar el año sin volver a andar sobre las salvajes cumbres de Castril.

Hacia allí nos dirigimos de madrugada , un grupo de amigos del Club, parando en el pueblo con la excusa de comprar pan y alguna que otra vianda, acabando finalmente , como era de esperar, en un bar de esos que a nosotros nos gustan, donde el olor a rancio se mezcla con el humo del tabaco negro y el aroma del anís. Tras esta “parada técnica“ al coche y rumbo a los cortijos del Nacimiento. Allí comienza el ritual de equiparse, alguno aprovecha para “echar un puesto”, que el viaje ha sido largo y el intestino se ha resentido. Total, que tras estos meneos, siempre necesarios, antes de empezar a caminar , nos cargamos mochila y al monte.

En pocos minutos llegamos al Nacimiento del río Castril, lleva poca agua, pero cada vez que voy me deja encandilado ver como la sierra se “desangra” manando agua por los agujeros de la roca caliza.

Seguimos hasta la próxima parada, el Barranco de la Osa, otro paraje espectacular. Algunos tuvimos la suerte de conocerlo antes de que el cemento y las barandillas ultrajaran un paraje tan singular. Ahora, las barandillas están arrancadas y los escalones de cemento están que se caen (sin comentarios) , pasamos por la Cueva que da nombre al barranco y finalmente llegamos al tejo milenario, que por ahora ha sobrevivido a los “vándalos” y sigue allí, viendo cómo los humanos llenamos de cemento y cables su barranco, hasta hace poco tiempo casi virgen.

Un poco mosqueado de ver cómo está esto, regresamos sobre nuestros pasos y seguimos rumbo hacia un collado, mientras las vistas sobre el valle del río Castril nos sobrecogen, destelleando al fondo como un enorme espejo el embalse del Portillo. Comienza ahora un cresterío de roca ,entre pinos arrasados por una plaga de procesionaria, que vamos recorriendo sin dejar de sorprendernos a cada paso por el paisaje, la luz y el buen tiempo que nos acompaña. A nuestras espaldas queda el Tornajuelos, máxima altura de Sierra Seca , al que ya visitamos en otra ocasión; sobresaliendo por encima de un mar de nubes como una enorme ballena, la singular y majestuosa silueta de La Sagra.

Alcanzamos la divisioria que íbamos buscando y damos vistas a los campos de Hernán Perea, el pico de las Empanadas y la sierra de Segura, estamos en la frontera entre las provincias de Jaén y Granada.

Tras un destrepe un poco arriesgado, en el que la pericia y la técnica deben vencer al miedo, llegamos finalmente a unos tornajos donde vamos a vivaquear.

Son las 17.30 h. y luego de refrescarnos en la fuente, nos disponemos a comer .

Está oscureciendo y hay que buscar un buen sitio para pernoctar, que la noche promete.

Carmen y Dioni, duermen en una mini tienda ,mientras que yo me hago un vivac con el poncho (recordando mis tiempos militares )y Salazar y Jose duermen a mi lado, teniendo por techo las estrellas.

Al día siguiente amanece raro, niebla y nubes altas , presagio del mal tiempo que pronosticaban que se avecinaba. La pelona de la noche no ha sido demasiado fuerte, 3 bajo cero no es demasiado frío para estas alturas, pero de todas formas la escarcha ha hecho su trabajo. Un buen desayuno nos calienta el cuerpo y comenzamos la marcha de nuevo.

Llegamos al Collado Salistre, cruzando algunos neverillos, duros como el cemento . La niebla se nos echa encima, aunque no es demasiado espesa es húmeda y decidimos no hacer el Empanadas ante la incertidumbre de no saber el estado en que se encontraba el Collado de la Cruz, por donde deberíamos bajar , ya que había neveros que debían estar helados y no llevábamos material de nieve.

Seguimos bajando el barranco hasta finalmente llegar a la Cueva del Maestro Eduardo, singular personaje que vivió aquí durante muchos años, haciendo de este bello paraje su residencia hasta , casi el fin de sus días.

El descenso del Barranco de Túnez no deja de sorprendernos , aunque hay que ir atentos porque el despiste está asegurado si se relaja la atención.

Al final del Barranco, cogemos la verea que nos baja al nacimiento y que se cruza la que sube al Cortijo de la Puerca, vigilados muy de cerca por los buitres con su estático vuelo tan característico.

Llegamos al coche, intercambiado emociones de los compañeros que no habían estado aquí nunca y a los que Castril ha dejado “marcados”con su sello.


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