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miércoles, 28 de julio de 2010

¿QUIEN ME MANDARÍA A MI...?

Aprovechando que aún quedaba bastante nieve en las cumbres, nos aventuramos el señor D. José Álvarez y yo mismo a dar un paseo serrano.

Fué el pasado día 17 de Julio. Recogí al Quillo a eso de las 7 a.m. y nos dirigimos directamente a la gasolinera de Huéneja donde dimos buena cuenta de una tostada de legua y media.

Trás el pingüe desayuno nos planteamos quedarnos por allí a echar una pequeña siestecita pero la vergüenza torera supera nuestra natural pereza y nos ponemos en marcha hacia la Hoya de la Mora.


Una vez allí pergeñamos los macutos, nos ponemos las botas (esta vez las de andar), y empezamos a subir con la mirada puesta en el Elorrieta.

Nos quedamos asombrados de la cantidad de Nieve que aún queda. Al pasar por la laguna de las Yeguas vemos cómo flotan algunos trozos de hielo desprendidos de una especie de miniglaciar que cede poco a poco ante los rigores del verano.

Llega un punto donde nos vemos obligados moralmente a ponernos los crampones y a sacar el piolet. Habría sido muy lamentable sufrir un accidente y nosotros con los crampones en la mochila.

Pasado este lance de la ascensión llegamos sin más novedad a la cumbre fijada, desde donde nos proponíamos ir dirección a la Cariüela del Veleta, atravesando la caótica zona de bloques que conforma la línea de cresta.
A la vera del siempre inquietante refugio Elorrieta, nos hincamos unos bocatas y algunas viandas reponederas que pa qué las prisas.
La verdad es que la vuelta por todo lo alto supuso un ejercicio de habilidad, equilibrismo, sangre fría y pies calientes. Una actividad que recordaremos con satisfacción aún reconociendo que, al menos yo pasé miedo.

Subir, bajar, rodear, trepar, destrepar, saltar, disfrutar de las vistas y por último alcanzar la definitiva tachuela de Loma Púa.
Desde aquí hasta el coche es un descenso de continua y animada conversación no exenta de chascarrillos, canturreos, chistes y proyectos montañeros.

Llegamos al coche a las seis y media, si tenemos en cuenta que empezamos a andar a las diez, esto supone ocho horas y media de bonito deambular por esos cerros de dios.
La vuelta a Almería estuvo interrumpida por la parada obligada en casa Andrés a tomar un cafelito para no caer en brazos de Morfeo.
En definitiva, una gozada.


Texto: Emilio Castellana
Fotos: José Álvares y Emilio Castellana

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